El otoño consuma la existencia.
En los paisajes del camino, es la primavera la del verde y fresco retoño que asoma tímido para estallar en colores esplendorosos y rutilantes. El verano se llena de frutos jugosos, llenos de sabores dulces y el otoño completa el cuadro en toda la intensa belleza.
Así es nuestra vida. Así son nuestros paisajes
Vivir el dorado otoño aún con marcas y con la nostalgia de lo que no fue por allá en primavera, allá en el verano. De lo que no nos atrevimos, de lo que postergamos para evitar lágrimas ajenas, dolores profundos.
El otoño es la satisfacción del deber cumplido pero también la melancolía.
Recuerdo mis malos poemas de los 15 años que en mi ingenuidad pretendía convertir en canciones;
“El amor, o dulzura sin igual, que deseo conocer, dónde estás, cuándo vendrás, ven que te espero y estoy tejiendo en mi anhelo un romance colosal”
Y nunca llegó. No así como lo soñaba, como lo anhelaba. Hoy sé que nunca será y me conformo, me conformo con otros amores, con otros sabores, sabiendo que cae el otoño y que pronto será invierno, que el tiempo apremia, que se está yendo… y esta profunda nostalgia.















